Intec Milan, Via Manzoni 14
Habíamos llevado a Milán los contactos de personas que serían importantísimas para nosotros en los años venideros, los de un conocido abogado llamado Raúl Falsitta y los de toda la familia Astori. A todos llamamos, y todos nos abrieron sus puertas y en cierta forma nos adoptaron. Raúl Falsitta, el abogado, y su mujer Mary, gran pintora, tenían una casa en la ciudad y un departamento en Venecia. Nos invitaban continuamente a su casa y también al departamento de Venecia y a Roma y Nápoles, a donde viajaban frecuentemente. Recuerdo abrir la ventana del colorido cuarto donde dormíamos en Venecia, y mirar a dos metros la del vecino que abría la suya, separados solo por un estrechísimo canal. Venecia me impactó mucho y lo siguió haciendo las tantas veces que la visité en los años venideros.
Con los Falsitta, fanáticos de la música italiana del momento, conocimos a Mina, Ornella Vanoni, Iva Zanicchi, Raffaella Carra, Umberto Tozzi, Nicola di Bari, Patty Bravo, Loredana Berte, I Cugini di Campagna, Gabriella Ferri y tantos otros. La música no paraba cuando con su Mercedes íbamos a Venecia, a Roma o a Nápoles. También fuimos conociendo uno a uno a todos los hermanos de Piero Astori, empresario italiano radicado en Argentina. Toda la familia Astori se trasladó a Argentina durante la guerra, y todos regresaron a Milán cuando terminó, menos Piero. Él se quedó y adquirió la ladrillera Palmar en 1959, y fundó una empresa de premoldeados de hormigón en 1966, contribuyendo al desarrollo industrial de la provincia.
En ese tiempo, Italia vivía una situación política inestable, con grandes reformas sociales como el divorcio y el derecho de familia, crisis económica y explosión del terrorismo político; eran los “anni di piombo”: terrorismo de izquierda y de derecha, secuestro y asesinato de Aldo Moro.Como anécdota, recuerdo que en los restaurantes a los que concurríamos, las mujeres escondían sus anillos dejándolos caer en una copa de vino tinto.
Milano era también, junto con Firenze, la ciudad de la moda y del diseño. Fueron los años de Armani, Versace, Prada y Missoni. Desafiaba a París con sus increíbles desfiles y eventos. La ciudad evolucionó drásticamente en el futuro, hasta convertirse en lo que es hoy, con la incorporación de toda una nueva zona que se abre detrás de Porta Nova, con un centro constituido por la Plaza Gae Aulenti, donde predomina el Bosco Verticale, un par de torres cubiertas de verde de 80 y 112 metros de altura diseñadas por Boeri, la torre Uni Credit diseñada por Cesar Pelli, la Fondazione Feltrinelli disenada por Herzog De Meuron, que tuve el privilegio de visitar guiado por su promotor, Carlo Feltrinelli, único hijo de Gianfranco e Inge, Esta es otra Milano que no compite sino que agrega tanto a la antigua ciudad.
LOS ASTORI Y LA DRIADE, DE PIACENZA AL MUNDO
Pino y Gigi Astori tenían una empresa de prefabricados de hormigón armado que trabajaba muy bien en esa época. Enrico y su mujer Adelaide Acerbi, bella, inteligente y súper activa, junto con Antonia Astori, habían fundado en 1968 una empresa de muebles que tiempo después sería conocida en Europa y en el mundo entero, la Driade. Comenzaron fabricando en su fábrica de Piacenza una línea de muebles modulares que se llamaba Oikos, diseñada por Antonia, que tuvo gran éxito. Tanto Enrico como Antonia eran arquitectos.
Poco después Enrico comenzó a contactar a los mejores diseñadores nacionales como Nanda Vigo, Enzo Mari y Fabio Novembre, e internacionales como Philippe Starck, Toyo Ito, Ron Arad, Patricia Urquiola y Tokujin Yoshioka, quienes diseñaron durante los años siguientes lo que constituye el núcleo de su catálogo: el sillón Miss Dorn y las sillas Costes (Starck), la hamaca MT2 (Arad), la silla Nemo (Novembre). Enrico era un gran anfitrión; legendarias eran las cenas en su espléndido departamento en el barrio de Brera, en una larga mesa flanqueada por los magníficos candelabros de la Dirade, todas sus velas encendidas en la penumbra del ambiente, con sillas y vasos todos diferentes, frecuentadas por arquitectos, diseñadores y artistas. Invariablemente, era Enrico quien cocinaba pastas y risottos, todos exquisitos.
Candelabro Simon de Borek Sipek, Driade
Silla Cost Starck, Driade
Milano, Porta Nova
Milano,1970's
Inge Feltrinelli
Inge Feltrinelli con Hemingway
Castello di Villadeati
Velero Arpegue
UN VERANO ESPECIAL
Cadaqués
Porquerolles
Vacacionando en las Dolomitas
Mössna, Austria
Fiorucci Milano 1974 - Elio Fiorucci
Umberto Eco
Salvatore Vecca
Vittorio Gregotti
Ettore Sotsas
Umbria, Assisi
PROGRAMAS ITALIANOS
NAVEGANDO EN ITALIA
Con Maria Grazia Castello en Portofino
Este es un capítulo muy especial, porque trata de nuestra amistad con dos parejas argentinas que conocimos en Milano y fueron una importantísima parte de nuestras vidas y lo son todavía ahora, aunque uno falta.
Cuando ya estábamos establecidos en nuestro departamento de Milano, un día de todo a todo se anunció una arquitecta argentina, quien, como tantos, había visitado a Tomás en busca de alguna oportunidad de trabajo, y él la había derivado a nosotros. Se llama Cristina Castello y estaba casada con un joven y exitoso publicista milanés, Roberto Bonsaglio. Rubia, linda, de enorme simpatía, quería saberlo todo. Le gustó mucho la zona donde vivíamos, San Felice, cerca del aeropuerto de Linate, un barrio cerrado, lleno de verde y buenos edificios de departamentos, pero allí no había ni una unidad vacía. La llevamos a otro barrio, pegado al nuestro, San Felice, le gustó y poco después irían a vivir allí. Enseguida conocimos a Roberto, pintón y súper simpático, y desde allí nació y creció nuestra amistad. Roberto tenía su oficina de publicidad en un estupendo edificio en Vía Melerio, y tiempo después tomaron un gran departamento en el mismo edificio.
Un día estábamos almorzando allí y nos cuentan que una pareja de argentinos acababa de alquilar el departamento de arriba y bajaría a tomar un café con nosotros. Eran Alberto y Graciela Barale, y qué casualidad, de nuevo jóvenes, lindos y simpáticos. Creo que desde ese mismo día nos unió una enorme amistad, una sinergia corría entre los seis.
Cristina se unió al estudio de Vittorio Gregotti, gran arquitecto milanés con quien trabajaba también un talentoso arquitecto argentino, Bruno Vigano, de quien fuimos también muy amigos. A través de Roberto, el grupo se amplió con amigos suyos, sobre todo Marco y Paula Reverdini, de quienes ya he hablado, y dos parejas de argentinos quienes también vivían en San Felice. También he hablado de Sandro y Maria Gracia Castello, cuya amistad nació cuando les hice un proyecto de dos departamentos que se convirtieron en un dúplex, en la Vía Brera de Milano. También hice un proyecto de remodelación de las oficinas de su empresa y de allí quedamos muy amigos.
Cuando fuimos a vivir a Bahrain, nos propusimos volver a Italia y a Argentina todos los años; fue una decisión que mantuvimos siempre con excepción del año de la pandemia. A Italia, en los veranos de allá, parte de julio y parte de agosto —después se agregaría Grecia—; a Argentina en los veranos de aquí, parte de diciembre y enero.
Cuando estaba por irme a Bahrain, Sandro compró un espectacular “rústico”, las viejas casas de piedra, o calcinas, que se encuentran en todo el país, pero las más requeridas son las de Toscana, Umbría, Cerdeña y Liguria. El suyo estaba ubicado en una increíble posición, en lo alto del monte apenas pasando Santa Margherita Ligure y antes de Paraggi y Portofino. Me quiso encargar el proyecto pero yo ya no tenía tiempo, lo derivé al estudio y le prometí que seguiría controlando todo desde Bahrain, lo que pude hacer por un tiempo.
Al mismo tiempo, Alberto Barale había comprado la concesión por 30 años de otro rústico ya arreglado, al lado del de Sandro, ¡con pileta! Y me asombró porque en ese monte no hay permisos para piletas; Sandro tardaría años en conseguirlo. La de Alberto estaba en la parte más alta del monte, con vista abierta a Santa Margherita. En estas dos maravillas pasamos días inolvidables durante esos años.
Con los Bonsaglio y los Barale hicimos programas muy divertidos. Un año nos pusimos todos de acuerdo en que entre los tres matrimonios alquiláramos una casa en Toscana. Alberto y Graciela fueron desde Milano, investigaron y encontraron una joyita cerca de Gaiole in Chianti, en el corazón de esta zona de colinas onduladas cubiertas de viñedos, de una belleza que quita el aliento, y por supuesto invitamos a Fátima a incorporarse. La propiedad era de una gran familia, un caserón amplio y muy bien tenido, en el que los propietarios dejaron todo como si siguieran allí: muebles, vajilla, bibliotecas, etc. En el gran parque tenía una parrilla cerca de la casa, nada que envidiar a las nuestras, y caminando entre la vegetación se accedía a una pileta grande, limpísima, con vistas alucinantes.
Gaiole es un pequeño pueblo, muy lindo, que en 2008 fue declarado por la revista Forbes como “el lugar más idílico donde vivir”. Tiene menos de 3000 habitantes, y cerca hay varios castillos —Brolio, Meleto, Verrazzano— donde se puede comer degustando los exquisitos vinos de la zona. ¡Gaiole no tiene supermercados! Fuimos descubriendo y relacionándonos con los pequeños comerciantes: el panadero, el verdulero, el almacén y ¡la carnicería! Esta fue especial, se interesaron en nosotros por ser argentinos y ver cómo estudiábamos todo lo que tenían. Las famosas costatas, la variedad de jamones para los que usan el famoso cerdo de Cinta Senese, los exquisitos salames.
Establecimos una rutina muy agradable. De mañana, caminatas por las colinas, un café en alguna terraza frente a los ondulantes viñedos, vuelta a la casa, compras si hacía falta algo y pileta todo el día, que culminaba con un asado rociado con vinos del Chianti. Al día siguiente se repetía la rutina, pero el asado era reemplazado por una comida en alguno de los castillos cercanos.
Nuestra estadía coincidió con uno de los dos “Palios de Siena” que se organizan durante el verano. Consiste en una carrera de caballos de origen medieval que se corre en la Piazza del Campo, en el centro de la ciudad de Siena, y en el que participan las contradas o distritos de la ciudad. Se dice que asisten entre 60.000 y 70.000 personas; la carrera es muy emocionante y después en cada contrada se tienden grandes mesas y se bebe y se come hasta altas horas de la noche. Por supuesto que en la contrada ganadora los festejos son especiales.
Visitamos también San Gimignano, situada al suroeste de Florencia, rodeada de antiguas murallas, con enormes torres medievales y su casco antiguo con su plaza triangular. Al año siguiente repetimos la idea, pero esta vez en Costa Esmeralda, Cerdeña. Al llegar a la propiedad nos surgió una gran duda: ¡la parrilla solicitada no era tradicional a carbón, sino a gas! Ninguno había usado nunca una, pero decidimos probar y nos adaptamos; la carne aquí no era la de Toscana.
Ya conocíamos Cerdeña, pero tuvimos oportunidad de ver cosas nuevas como el Manto della Madonna o Porto della Madonna, situado en el corazón del archipiélago de La Maddalena, en la provincia de Sassari. Todo es de un color turquesa intenso, aguas cristalinas que nada tienen que envidiar a las aguas del Caribe, incluso a las que a mí más me han impresionado en los Cayos de Cuba. La visita se hace en lancha, es muy impactante.
Pasamos días muy agradables en Cerdeña. Teníamos un grupo de amigos, entre ellos Mariangela, la hermana de Carla Astori, con su marido Donato De Ponti, quienes estaban en una casa cercana y con quienes compartimos lindas veladas, asados y guitarras. Alberto y sus hijos armaron en Milano una escuela infantil, y hacían el proyecto al mismo tiempo que en Bahrain teníamos un proyecto similar. Coincidencias de la vida, todo el tiempo intercambiábamos documentos sobre los dos proyectos. Cristina Castello vive actualmente en Milano; Roberto estuvo muy enfermo y murió hace unos años. Tiene un hijo y un nieto.
Alberto y Graciela —“la chica de Calchín”, como siempre la llamaba, tan linda y simpática, cualidad que comparte con su conciudadano famoso, Julián Álvarez— viven en Milano, donde tienen hijos y nietos. Vienen todos los años a Argentina, pasan tiempo en Buenos Aires, Calchín y Ascochinga, pero el último verano estuvieron en Villa Allende: se alojaron en Scratch, una vieja propiedad de mi padrino Guillermo Rothe y luego de Manuel Tagle, exquisitamente refaccionada. Allí tomamos un champagne bajo los árboles, al lado de la pileta a la que íbamos de chicos con mi hermana Nena, y cenamos en la terraza donde almorzaba, también de chico, con mi padrino.