De su parte nació la idea de formar una asociación de estudiantes que se opusiera a la oficial, la UES, de marcado tinte peronista. Así lo hicimos y en una reunión en casa con un grupo de diez amigos, redactamos y firmamos un panfleto que llamaba a la formación de la FEL, Federación de Estudiantes Libres. Se imprimieron muchos ejemplares del documento, que firmamos los diez, y los repartimos en el Colegio. Al día siguiente, muy temprano, se presentó en casa un agente de policía, quien mostró una orden para acompañarme al Cabildo. Caminando me llevó hasta allí, y durante todo el día fui interrogado sobre la FEL, mis actividades como abanderado, las ideas políticas de nuestra familia.
Recuerdo que mi padre le pidió a un íntimo amigo mío, Alberto Pochi Granata, que vivía en el mismo edificio que nosotros, que se instalara frente al Cabildo y le avisara si en cualquier momento me trasladaban de allí a cualquier otro lugar. Esto no ocurrió; todo se limitó a un largo día de interrogatorios. En los días sucesivos, todos los otros firmantes del documento pasaron por el mismo ritual. Yo tenía 14 años en ese momento, y me recibí al año siguiente y del último día de clases no me olvidaré nunca. El núcleo de mis amigos y compañeros más cercanos, al saber que se me otorgaba la medalla de oro, me llevó en andas desde el colegio hasta mi casa, donde, asomados a las ventanas del primer piso donde vivíamos, estaban mis padres y mis hermanas.
De todos los compañeros del Dean Funes, quiero mencionar especialmente a Julio Altamira. A pesar de ser de mi generación, él era en esa época amigo de mi hermana Marta y con ella y su grupo socializaba. De él hablaré más adelante, ya que nos hemos reencontrado en Villa Allende y establecido una gran amistad.
Me gustaban los idiomas; estudié francés en la Alliance Française, inglés en Icana y compartí profesora particular con mi amigo Héctor Casas, quien vivía al frente de casa. Desde temprana edad me interesaban los deportes. Siendo muy chico, comencé a jugar pelota paleta en el frontón del Country Club que pertenecía al Jockey Club de Córdoba. Allí jugué también por primera vez al tenis y en las épocas en que el tiempo lo permitía, iba a nadar. Había también una cancha de patinaje y patinar me encantaba. Seguí jugando tenis toda mi vida, aparte de muchos otros deportes que me apasionaron más tarde, como el squash, el windsurf, el esquí acuático y de nieve, y el golf.
ESTUDIOS UNIVERSITARIOS Y OTRAS ACTIVIDADES
Ya había cumplido mis 15 años y tenía muchas ganas de independizarme económicamente. Terminé el colegio a fines de 1955 y trabajé los meses de ese verano en el Ministerio de Gobierno. En marzo del año siguiente me anoté en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Córdoba, y fui al mismo tiempo nombrado por el decano como empleado administrativo, y pronto designado como Secretario del Consejo Directivo de la Facultad, cargo que mantuve hasta que me recibí. El decano en ese momento era el arquitecto Jaime Roca, y el secretario era Marcelo Novillo Corvalán, también arquitecto, casado con Edith Yofre, una de las hermanas de mi padre.
Jaime Roca y su mujer, Chiquita Ferreyra, estuvieron muy presentes durante toda esta parte de mi vida y la que siguió, debido a mi gran amistad con María Rosita, su hija, de quien ya hablaré más adelante. Jaime era el decano; yo trabajaba muy cerca de él; era mi profesor de Historia del Arte, excelente como tal, con extraordinaria memoria y transmisión de vivencias personales de su cantidad de viajes por el mundo, y lo veía casi todos los días en su casa. Tengo un gran recuerdo de él y de Chiquita Ferreyra, extraordinaria acuarelista, quien cursó estudios artísticos tanto en Córdoba como en la Sorbonne de París.
Tenía,desde muy chico, la certeza de querer ser un arquitecto, y creo que mucho de esto fue debido a que un hermano de mi madre, Oscar Cacho Achaval, quien vivía con nosotros, había estudiado arquitectura y, aunque no se había recibido, trabajaba en algunos proyectos. En su cuarto tenía su cama y su mesa de dibujo, y muchas veces me sentaba en su taburete, ponía una hoja de papel manteca sobre alguno de sus planos y yo lo calcaba. Pronto comprendí la magia del proceso del paso entre lo imaginado y lo plasmado en un dibujo, y su traducción en la creación de un espacio arquitectónico. Mi decisión sobre mi profesión no estuvo exenta de presiones y polémicas; mi padre era un muy buen abogado y soñaba con que su hijo colaborara con él y eventualmente se hiciera cargo de su estudio. Debo reconocer, sin embargo, que si bien me hablaba y me hacía imaginar lo que podría ser esa sociedad padre-hijo, nunca intentó imponerse y al final dejó que yo decidiera.
La Facultad nos acercaba a todo un mundo de las artes plásticas y de la creatividad. Nos encantaban las exposiciones de pinturas y esculturas. Algunos de los artistas de la época eran nuestros profesores. Participamos en salones de pintura. Era la época de las famosas exposiciones y bienales IKA. Era también la época de Paideia y las exposiciones de la obra de Antonio Segui. Allí lo conocí y allí comenzó mi intensa admiración por él y su trabajo.
No imaginaba en ese momento que años más tarde se tejería una interesante historia que narraré más adelante. Mi núcleo de compañeros de facultad muy cercano era María Rosita Roca, Rodolfo Imas y Margarita María Dionisi, aparte de otros grandes amigos como Eduardo Urtubey, Elita y Ubaldo Enrique “Quique” Fourcade, que escribiría durante sus estudios la famosa canción “Pateando Sapos”, y Carlos Narvaja, también aspirante a arquitecto y músico, quien escribió la famosa samba de Córdoba que comenzaba “Alegre repicar de las campanas, primera misa, de la manana…” El segundo círculo de compañeros comprendía a Jorge Morini, Cuqui Gramatica, Guerrero, Pisani, Gaggiano, todos los que en el futuro serían grandísimos arquitectos.
Brindo aqui un homenaje al grupo de profesores de arquitecdtura y urbanismo que nos formó, quienes integraban un formidable equipo docente, como el Negro Revol, Hubert Hobbs, el Yayo Diaz, Miguel Angel Roca, Edmundo “el marques” Arias, los italianos Ernesto Bruno La Padula, destacado arquitecto y urbanista, de quien tuve el honor de ser ayudante de catedra y Enrico Tedeschi, Luis Rebora para nombrar solo los de arquitectura y urbanismo.
Estaba siempre presente el tema del servicio militar y la posibilidad de que durara dos años si el sorteo correspondiente era desfavorable. Había una posibilidad de evitar el sorteo y servir solo por un año en el ejército si se aprobaban diez condiciones de tiro en el polígono federal. Se tiraba en posiciones de tiro básicas, de pie, acostado y sentado, con un fusil de cerrojo Mauser, arma típica de la infantería de la época, y a distancias variables.
Aprobadas las pruebas, había que enlistarse directamente en el ejército. Yo pedí una prórroga de dos años y me enlisté en 1960. Me enteré de que había un destacamento en el que se servía en condiciones bastante mejores, en las oficinas del Consejo de Guerra de Córdoba que funcionaban en el centro de la ciudad. Había que presentarse a concurso: muchísimos aspirantes para pocos puestos.
Me presenté y salí primero, y allí serví por un tiempo reducido porque cuando me vacunaron contraje hepatitis y, después de dos meses y medio en cama, me dieron de baja. Era un trabajo de oficinista que comenzaba a las 7 de la mañana y terminaba a las 8 de la noche, hora en que era permitido volver a tu casa a dormir.
Parte de las tareas diarias consistía en entrenamiento en el uso de armas y preparación para el desfile militar del 9 de julio. ¡Estas tareas se desarrollaban en la terraza del edificio! ¡El teniente a cargo me autorizó a pasar esos dos meses en mi casa, evitándome pasarlos en el hospital militar, donde dudo que hubiera sobrevivido! Comencé un noviazgo que duraría años y terminaría abruptamente por la inseguridad de comprometerme de por vida a tan temprana edad. Terminarlo fue una de las decisiones más difíciles que tomé en mi vida.
JÓVENES ESCENÓGRAFOS, EL TEATRO Y SU MAGIA
Cuando ya había cursado y rendido más o menos la mitad de las materias, la Dirección de Cultura de la Provincia organizó un concurso para diseñar las escenografías de una ópera del compositor alemán Christoph Willibald Gluck, Orfeo y Eurídice. Con un compañero de la Facultad, Rodolfo Mas, decidimos presentarnos al concurso que en realidad estaba organizado para reconocidos escenógrafos, y así lo hicimos, a pesar de nuestra completa ignorancia en la materia. Recuerdo que nos documentamos, leímos sobre el autor y su obra, compramos el disco y dibujamos los bocetos.
No sé qué fue, probablemente nuestro “approach” novedoso resultante de nuestra total falta de experiencia, pero ganamos el concurso y el premio, aparte de alguna suma de dinero que no recuerdo, era participar como escenógrafos de esa ópera que se estrenaría en Córdoba, en ese magnífico Teatro Rivera Indarte que luego llegaría a conocer como si fuera mi casa, más una visita guiada al Teatro Colón de Buenos Aires.
El guía de la visita fue el famoso escenógrafo de esa época, Diego Pedreira, quien era también un arquitecto, egresado de la UBA y de la Escuela Nacional de Bellas Artes. La visita al Teatro Colón fue mágica. Descubrimos la convivencia de los espacios públicos, que es lo que normalmente vemos, y la intrincada red de espacios técnicos, comenzando con el escenario y sus complicadas estructuras móviles. Me impactó mucho la mágica y colorida sala de vestuarios. Ciertamente había un mundo de diferencia entre la tecnología escénica de la época y la de los teatros y opera houses que he podido visitar posteriormente en distintos países del mundo.
Eventualmente la ópera Orfeo se estrenó con gran éxito. Nuestra escenografía y plan de iluminación fueron muy elogiados tanto por el público como por la prensa. Enseguida la Dirección de Cultura, que en ese momento presidía el arquitecto Raúl Bulgheroni, quien también era nuestro profesor en la Facultad, nos contrató para realizar las escenografías de otras obras de teatro y también de ballet.
A estos proyectos se incorporó mi íntima amiga y compañera de facultad, María Rosita Roca.Esta actividad teatral entró en conflicto con mis estudios de arquitectura; tenía también mi trabajo en la facultad, pero nunca los abandoné, solo los demoré. No pude cursar algunas materias, pero las rendí libre con muy buenos resultados.