Velero
Puerto de Hydra, Grecia
Canal de Corinto
El mar ha sido un componente importante de nuestras vidas. Seguiré ahora mi relato de la continuidad de nuestras actividades náuticas. He hablado del empresario italiano a quien ayudé con el proyecto de su dúplex en Milán, y de cómo después de eso forjamos una amistad que duraría tantos años.Sandro Castello me encargó la renovación de las oficinas de su empresa después de terminar su departamento, y eso contribuyó a conocerlo más y a hacernos más amigos. Justo cuando yo estaba decidiendo mi partida de Italia hacia Bahrain, él compró una propiedad en Liguria, en el Monte de Portofino, con vistas espectaculares.
Se trataba de una rústica, antigua casa típica de la zona, ubicada en la cumbre de este monte, y había que renovarla totalmente. Me encargó ese trabajo, comencé a ocuparme de todas las complicadas gestiones administrativas, y llegó el momento de partir para Bahrain. Les dejé el trabajo a mis socios italianos que quedaban con la Intec de Italia. Ellos trabajaron por años en el proyecto, que convirtió ese rústico en una espléndida residencia. Allí seríamos invitados en tantas oportunidades.
Sandro tenía en esa época una gran lancha y después la cambió por un yate de 60', aproximadamente 20 m. Lo tenía en un puerto turístico al sur de Nápoles llamado Castellammare di Stabia. Al mismo tiempo, nuestro amigo griego Stephanos Zachariades compró un yate con exactamente las mismas características en Grecia, y lo tenía en el Pireo. Ambos nos invitaron año tras año a navegar en el verano europeo; nosotros íbamos y pasábamos el verano argentino en Villa Allende; en realidad, yo solo una parte, porque mis vacaciones en enero eran acotadas.
Con los Castello nos juntamos en Castellammare y de allí partíamos. Era costumbre pasar por Ischia y Capri, que están frente a este puerto, antes de comenzar la travesía, que cada año era diferente, estudiada meticulosamente por Sandro, que, antes de decidir, estudiaba todos los pronósticos del tiempo en las distintas zonas del Mediterráneo y trazaba la ruta más tranquila y segura. Él era un sibarita; pasaba el año llenando la cambusa, como llaman los italianos a la bodega del barco. Estudiaba catálogos de conservas y bebidas; cada cosa debía ser de la zona de Italia o Europa donde se diera mejor, y ordenaba así: todo iba llegando al puerto y era almacenado en la despensa por el capitán, que cuidaba el barco todo el año. Aunque Sandro timoneaba siempre su barco, el capitán cumplía muchas otras tareas y estaba siempre listo para reemplazarlo si él se cansaba. Cuando llegábamos al barco, estaba todo listo para zarpar.
Durante los años visitamos diversas regiones de Italia y de Francia, Cerdeña, Córcega,Sicilia, las islas Eolias, archipiélago volcánico cerca de Sicilia, la Costa Amalfitana y tantos otros. Aprendimos a vivir semanas en nuestro pequeño camarote con dos cuchetas, una mesita de luz, un placard de 60 cm de ancho y un pequeño baño, y a organizar nuestra ropa para 20 días tanto formal como informal; el orden tenía que ser perfecto. Éramos siete pasajeros, el capitán y un marinero. Estábamos más o menos 3 días en mar abierto y uno o dos días en puerto.
En mar abierto se pasaba el día navegando o bajando a una playa, a la que se llegaba a nado o en una lancha de servicio que podía bajarse del barco con una pequeña grúa. Antes de la puesta del sol, se buscaba una bahía protegida y se anclaba; generalmente se ataba el barco desde la popa a rocas en tierra, a una distancia de unos 20 m, y el ancla a proa. El desayuno se servía en la mesa de popa, en la cual podían sentarse cómodamente 8 personas. Cada uno lo tomaba a medida que se levantaba; a mí me gustaba hacerlo siempre temprano, un chapuzón nadando media hora, y después sí, el yogur, las frutas, el café con tostadas, manteca y miel o mermelada. El capitán era un avezado pescador.
De noche, bajaba al mar con su equipo de pesca, máscara y fusil, y a la mañana siguiente había una bandeja con distintos ejemplares. En una parrilla a carbón, montada en una plataforma a popa del barco y a nivel del agua, se asaban a mediodía y se comían al almuerzo, regados por un helado vino blanco. Pero no era siempre pescado lo que se almorzaba; tanto el capitán como María Grazia eran excelentes cocineros y preparaban a menudo exquisitos platos. En puerto, se alternaba con una cena en los restaurantes de la isla, cuidadosamente elegidos por Sandro, o se cenaba en la terraza superior del barco, con otra mesa que sentaba a 8, a la luz de las estrellas.
Después salíamos a caminar por las angostas calles de la isla, coloridas y vibrantes de noche, llenas de turistas para tomar un yogur helado. A veces en el puerto, pero siempre que estábamos anclados en alguna bahía, “a rada”, como dicen los italianos, jugábamos cartas, normalmente al buraco. La navegación con los amigos griegos no era muy diferente. Normalmente llegamos a Atenas cuando ellos ya estaban en alta mar. Nos alojábamos una noche en su espléndida villa en el sur de Atenas, una zona costera llamada Vouliagmeni donde el personal de servicio nos atendía como reyes. Allí es ya un poco como estar en una isla, el mar por todos lados.
Stephanos tenía un asistente que hacía de todo. Originario de la India, había sido mucamo en su casa de Bahrain. Annie enseguida descubrió que daba para mucho más que un mucamo. Lo llevaron a Atenas; trabajaba en la casa, era chofer y pronto comenzó a trabajar con Stephanos en la catalogación de su colección de arte, que es muy importante. Él nos llevaba en auto, al día siguiente de llegar, al puerto de Agios Konstantinos, de donde tomábamos un ferry a Skopelos, la principal de las islas Espóradas, lugar al que fuimos varios años.
Las islas Espóradas, situadas en el mar Egeo, a lo largo de la costa este de Grecia, un archipiélago de muchísimas islas, solo 11 de ellas de mayor tamaño, y solo cuatro habitadas: Skiathos, la menor pero la más visitada por la belleza de sus playas. Skopelos, la más fértil de las cuatro, con sus montes cubiertos de pinos. Alonissos, rocosa y montañosa con algunos campos de olivos y almendras y Esciros, más separada y difícil de acceder.
Cuando estábamos a rada, con frecuencia se hacía bajar la lancha de servicio y a medianoche salíamos a pescar calamares para lo que, con una pequeña grúa, se bajaba la lancha de servicio con capacidad para 4 o 5 personas. Nos alejábamos del barco en búsqueda del lugar adecuado, iluminados solo por la luna, anclábamos y comenzábamos la preparación para pescar.
El anzuelo era grande, muy colorido y se dejaba bajar con el brazo a unos 25 o 30 metros de profundidad. Se lo hacía subir y bajar hasta sentir el pique. En ese momento, se comenzaba a alzar, tratando de mantener la tensión del brazo inmutable para evitar que el calamar se desprendiera del anzuelo. Cuando salía a la superficie, explotaba lanzando agua hacia todos lados; la tinta ya la había dejado largada en el momento del pique. Podía medir de 20 a 40 cm. El momento de la salida del agua y la explosión de agua es sumamente emocionante. ¡A veces se pescaba solo uno, en noches de suerte 3 o 4! Mientras pescábamos, escuchábamos música a muy bajo volumen; el mar era un espejo y brillaba a la luz de la luna, inolvidable experiencia.
Tengo especial recuerdo de un bar de Skiathos que estaba en medio de un empinado sendero con grandes escalones. El amoblamiento externo consiste en grandes almohadones de varios colores, acomodados a lo largo de la escalinata, donde la gente se sentaba y los mozos o mozas servían los tragos. Años más tarde me tocó diseñar en Bahrain la Vinoteca Barcelona, una franquicia de una importante firma española, y una de las ideas que sugerí cuando tuve la entrevista con los patrocinadores del proyecto fue diseñar una escalinata al estilo de la del bar de Skiathos. Nos dieron el proyecto y parte de él fue esta gran escalinata.
La isla tiene espléndidas playas; una de ellas no es de arena sino de pequeñísimas piedras blancas que se extienden hasta lejos de la costa. Las aguas son cristalinas. Hay otra playa de arena amarilla, rodeada de un bosque de pinos. Skopelos es otra de las islas Espóradas, llena de historia y tradiciones. Se ha hecho muy conocida después de que se filmó allí parte del famoso film Mamma Mia, que muestra muchos de sus pintorescos rincones. Muchas escenas se filmaron en Skiatos.
Alonnissos tiene un verde exuberante y alberga el parque marino más grande de Europa y está rodeada de aguas cristalinas. Esciros está dividida en dos partes por un istmo y rodeada de islas e islotes. Fue en su tiempo famosa por la cantidad de cabras y las canteras de mármol de varios colores.
Pero nuestras navegaciones en Grecia no fueron siempre en las islas Espóradas. Visitamos también las Ciclades, entre otras. Este archipiélago está situado al sureste de Grecia y forma un círculo alrededor de la isla sagrada de Delos. Las más conocidas son Mykonos, Santorini, Naxos, Paros y Syros. En uno de los viajes a estas islas sucedió algo muy divertido. Estábamos en Paros y queríamos ir a Mykonos, pero como sucede muy frecuentemente, había fuertes vientos, lo que hacía difícil el cruce. Esperamos, creo, tres días y decidimos dejar el barco y tomar un ferry e ir a un hotel. Así lo hicimos, y mientras nos dirigíamos a Mykonos, Stephanos llamó a una muy amiga común, griega, residente en Bahrain, quien tenía una lindísima casa en la isla. Ella le dijo que ni se nos ocurriera ir a un hotel, que fuéramos a su casa en la que no había nadie, y así lo hicimos.
Con Stephanos Zachariades en Grecia
Alquilamos un auto y pasamos una fantástica semana. Mykonos es una isla muy particular. Tiene muy lindas playas todo alrededor, lo que permite elegir una que esté protegida de los varios vientos que soplan. El puerto y todo el centro de la isla son un centro de extravagantes personajes y vestuarios, todo presidido por la perenne presencia de Petros, el pelícano del puerto. Todas las marcas más importantes del mundo están en las boutiques de Mykonos, y hay restaurantes de las más variadas especialidades. La arquitectura de la isla se caracteriza por el blanco de sus casas cubiertas por coloridas buganvillas. Pasamos allí días muy agradables y de buen tiempo, pese a los fuertes vientos, de los cuales siempre se puede proteger, ya que hay playas todo alrededor de la isla, y siempre alguna está en el lado contrario al viento.
Con los Zachariades no solo navegábamos, sino que también pasábamos tiempo en su casa, que en realidad parecía un museo. Diseñada por el más famoso arquitecto griego, la casa ocupa un terreno de grandes desniveles y se desarrolla en cuatro plantas, unidas por escalera y ascensor. Su arquitectura es blanca, de líneas muy puras; de blanco mármol es el piso de la planta principal que se extiende a toda la terraza que rodea la pileta. Stephanos tiene una importante colección de arte, sobre todo de la obra de Alekos Fassianos, contemporáneo y muy amigo de Antonio Segui, como he mencionado antes. Ambos hicieron una carrera muy similar, y se encontraron y triunfaron en París.
Recuerdo que en una visita a Dubai, estábamos con Cristina caminando por el Art District, y vimos en una de las galerías el nombre de Antonio Segui. Yo lo había conocido en Córdoba, a comienzos de su carrera, cuando exhibía en la Galería Paideia. Entramos y allí estaba él, sentado en un sofá. Después de reconocerme, nos saludó muy cariñosamente. Charlamos un rato. Recuerdo que le pregunté si estaba vendiendo bien. Me contestó que todo estaba vendido a la galería antes de comenzar la exposición. Antonio estaba en Dubai con Clelia, su mujer, curadora, compañera y asistente. Nos invitó a cenar esa noche, nos contó que se había sentido muy mal dos días antes, y que estaba asombrado del nivel de los hospitales y asistencia médica del Emirato. Le hablé de Fassianos y tuvo un recuerdo muy cariñoso de él, resaltando la amistad que los unía.
Con Annie y Stephanos Zachariades en Grecia
Siempre jugábamos a las cartas con los Zachariades. Les habíamos enseñado nuestro juego preferido, samba o fandango, como lo llaman en Argentina o en Brasil, y tanto en casa como en la de ellos, o en el barco en Grecia, jugábamos siempre. En el año 2013, organizamos con los Castello una visita a Argentina, llegando a Buenos Aires, siguiendo por Villa Allende y terminando con un viaje por el norte, al que se sumaron Alberto y Marcela, y Fátima, nuestra amiga tunecina, australiana e italiana, siempre infaltable en este tipo de eventos. La visita fue todo un éxito. Les encantó Argentina. Lo pasaron muy bien en la Villa, donde les organizamos asados, guitarreadas y partidos de golf. Les presentamos a casi todos del gran grupo de amigos y primos. Hicieron muy buenas migas con Alberto y Marcela, y al año siguiente fueron también invitados a navegar, lo que nos llenó de alegría. Fueron también invitados por Annie y Stephanos a Grecia, así que de golpe participábamos juntos de estas fantásticas experiencias.
Volviendo a Grecia, recuerdo una noche que Stephanos había invitado a cenar a Fassiano porque tenía algunos de los cuadros que había rastreado por internet en diversos lugares del mundo, como Japón y China, entre otros, que no estaban firmados. Antes de la cena, les fue presentando a cada uno de ellos. El pintor no pudo evitar su asombro por la presencia de obras que daba por perdidas y firmó cada una de ellas. Esa noche le hablé de Antonio; se acordó de él con mucho afecto.
Puerto de Hydra, Grecia