El lugar de veraneo era Villa Allende, una pequeña villa fundada en 1889, con pocos miles de habitantes y una estación de trenes, última parada del coche motor porque así se llamaba este tren particular que unía Guinazu con Unquillo.
Estacion Villa Allende 1945
Pero la villa contaba también con una espectacular cancha de golf, un espléndido Club House, las lomas, tan cerca y deshabitadas, la Palomeque, así se llamaba la chica que alquilaba caballos para las frecuentes cabalgatas, y un arroyo, siempre con un hilo de agua, pero muy respetado, porque algunas veces, cuando llovía mucho arriba en las sierras, se llenaba con una correntada que todo arrastraba. En Villa Allende estaban muchos de los primos hermanos y de los amigos.
Y estaba también la casa de mis abuelos, Luis Achaval y Angélica Deheza, el caserón más bien dicho, con sus techos de tejas, su galería amplia, su gran living comedor, y los varios cuartos que albergaban a las tres familias que compartimos durante esos dichosos meses de verano, los Mera Achaval que vivían en Bahía Blanca, y los Gigena Achaval de Belle Ville. De estos últimos, Félix era el mayor y con él, Fernando y Jorge Zavalia, fuimos más adelante, en Buenos Aires, un cuarteto inseparable. Situada exactamente en frente a la entrada al golf, separada de ésta por las vías del tren, era la primera de una serie de otras casonas que se alineaban a lo largo de aproximadamente un kilómetro, todas de familiares o amigos,las de los Soldano Deheza, los Oliva Carrera, los Echenique Deheza, la de Luis Achaval hijo, la de Eduardo Achaval y la de los Zavalia Achaval, terminando en el famoso Hotel Condor. De allí a un paso Valle del Sol, y enseguida Mendiolaza, Unquillo y Río Ceballos.
Villa Allende Golf, Cordoba
Hacia el otro lado de la entrada al Golf, un sólido portón de hierro abría el paso a una empinada calle de tierra que subía hasta la gran casa de Giraud, casado con doña Lola Llanos, abuelos del primo más grande de los Achaval, Alberto. Recuerdos especiales de esos veranos, las alegrías compartidas con mis queridísimas hermanas Marta y Guillermina, la Nena, y con los muchos primos hermanos, las subidas por el estrechísimo sendero entre cerrado monte de la loma del golf para ir a la pileta, situada en lo alto de la misma, con increíbles vistas de la villa y las sierras.
A las 11 bajabamos a casa, hora de sandía fresca,que comíamos en una gran mesa en el jardín, debajo del molino de viento, costumbre que no fue alterada por los años, y subíamos de nuevo para el último remojón antes del almuerzo, después del cual estábamos obligados a dormir la siesta, esas siestas tórridas con el canto de las chicharras,obligación que dejábamos de lado apenas los grandes dormían, para encontrarnos afuera todos los primos y escuchar más de cerca las chicharras, porque que hacer, no había mucho. La casa de doña Angélica, era el centro de las tertulias familiares, que se hacían al atardecer, en un gran círculo de sillas en el jardín, al frente de los canteros de rosas, donde corría el clericot, grandes jarras de vino tinto y limón con frutas varias picadas y mucho hielo.
Los chicos, aparte, con nuestros juegos y travesuras. Alguien a quien veía mucho entonces y sigo viendo ahora es Antenor "Pin" Oliva, vecino y amigo, divertido como pocos. Lo he reencontrado ahora y seguimos compartiendo muchas cosas. Con los años la casa de los Soldano Deheza cambió de dueños, y tuvimos como vecinos primero a los González Pagliari y luego a los Buteler.
TOTORAL, VERANOS DE FEBRERO
Por muchos años, dividíamos esos veraneos y los Yofre Achaval nos trasladábamos a Totoral, más antigua que Villa Allende, ya que fue fundada en 1860, a la vera del camino real que conducía al Alto Perú, 30 km al norte de Jesús María, donde transcurríamos el mes de febrero. Allí iban en una época los Achaval, y allí nació Óscar "Cacho", hermano de mi madre . Totoral era otro cantar, con sus calles de tierra (ni una era asfaltada), su plaza central con la Iglesia, la Hostería y el Petit Café, lugar de encuentro de todas las edades, su pileta de piedra en un ensanche del pequeño río, su cerro de piedras coronado por una cruz. Los amigos de Totoral no eran, por alguna razón, los mismos que en Córdoba, pero éramos muy unidos y pasábamos el día a día juntos. Eudoro Novillo, José María el Turco Delia, Ignacio Morra, Ernesto "el payo Díaz", Francisco “Pancho”Crespo, Alberto LLoveras Cosio, Pedrito Arnedo,santiagueño, los Anchorena, los Salas Orono y los Sieburger, porteños.
Rio de Totoral
Los medios de transporte eran la bici y el caballo. Yo tenía las dos cosas. El caballo me lo había regalado un íntimo amigo de mi padre,Rico Carreras, pero era el caballo del verano; el invierno lo pasaba en su estancia en Jesús María. Al día siguiente de llegar a Totoral, yo tomaba un ómnibus que me llevaba a Jesús María, un sulky para ir a la estancia, y allí ensillaba y partía para un largo día de cabalgata por estrechos caminos de tierra entre cerrados montes, compartiendo mi soledad con lo que me parecían enormes iguanas que cruzaban de tanto en tanto el estrecho sendero. Cantaban las chicharras y picaba el sol. Pero después de esa larga y solitaria jornada, pasábamos el mes juntos. La bicicleta era muy especial, de aluminio, liviana como una pluma, regalo de mi padre. De los largos, calurosos días, recuerdo las medias mañanas en que se repetía un ritual. Llegaba primero un vendedor de pan casero; al rato pasaba el carro del quesillero, con sus quesillos de cabra envueltos en frescas y verdes hojas de parra, y todos comíamos debajo de una higuera. Después era la hora de la pileta, que se extendía hasta el almuerzo, o del club cuando había campeonatos de truco, o sea, siempre.
Otras horas de pileta a la tarde, vuelta para una ducha, cambiarse y partir de vuelta al Club o a tomar algo al Petit.Casi todas las noches nos reuniamos grandes y chicos en el Club, donde habia musica de tocadiscos hasta medianoche, cuando las luces se apagaban y se prendian los soles de noche, utilisimas lámparas a gas, que colgadas de las ramas de los árboles o apoyadas sobre mesas, alumbraban mientras continuaba el baile al son de la música de la banda del pueblo, Cuando estaban previstas serenatas, íbamos al Club a caballo y a caballo partíamos con las guitarras. En algunas casas éramos bien recibidos, en otras ni las ventanas abrían. Otras noches eran de guitarreadas, en el club o en alguna casa, todo siempre compartido por grandes y chicos; buenos guitarreros y cantores sobraban. No recuerdo cielos tan oscuros, estrellas tan brillantes y lunas tan encendidas como las de Totoral. Una tradición hacía que cada verano se celebrara un partido de fútbol, locales contra visitantes. ¿De dónde? De Villa Allende, lo que siempre generaba en mí un problema de identidad: ¿era de Totoral o era de Villa Allende ? El partido fue seguido por una cena y un baile que se prolongaron hasta tempranas horas de la madrugada.
OTROS VERANOS
Ya más grande, los veranos cambiaron. Villa Allende y Totoral fueron reemplazados por varios viajes, algunos de ellos al sur, con epicentro en Bariloche y con modalidad "mochilera", algo que me atraía enormemente y repetí varias veces. Algunos de esos viajes comenzaron y terminaron en Bariloche y sus muchos lagos, caminatas con mochilas y carpas.
Lago Nahuel, Bariloche
Otros los dividían y, comenzando en Bariloche y sus lagos, se extendían cruzando al sur de Chile para después viajar hacia el norte, terminando en Zapallar, lugar que me encandilaba. Algunos veranos fueron alternados con viajes a Brasil, país que también me fascinaba por la exuberancia de su gente, de su música, de su vegetación. Uno de esos viajes lo hice cuando comencé a estudiar arquitectura y tuve oportunidad de visitar una joven Brasilia, con esos edificios y esculturas que me dejaban atónito.